Hernand en busca de inspiración… No 3

Hasta ahora solo he hablado de Valentina, quizás vaya siendo hora de contaros un poco qué hacía alguien como yo en un lugar como este. Pues bien, básicamente me encontraba en un “giro” por la Italia, siendo más específicos, por la mitad meridional. ¿Haciendo… qué? Buscar inspiración y digerir experiencias vitales para ser plasmadas en mi Bestiario y en otras ideas y proyectos literarios.

En cuanto a Valentina, sentía su curiosa necesidad por explorar más allá de mis ojos, al mismo tiempo que un impulso me empujaba a perderme también en sus aparentemente insondables pupilas.

Llegados a este punto, sobre el porqué de estar abierto (una vez que le devolví su bolso extraviado) a ir más allá de conformarme con un simple agradecimiento, solo puedo decir que se debió a una de esas intuiciones que suelen desarrollarse cuando nos encontramos viajando, errantes -que no perdidos- por un camino, como si el hecho de que la estimulación provocada por la percepción y el conocimiento de un entorno nuevo y desconocido, indirectamente acentuase nuestra capacidad para conocer y entablar contacto con desconocidos.

Siempre he pensado que al viajar uno se expone a que le ocurran cosas, buenas, geniales, normales, otras veces no tan agradables, pero cosas, experiencias nuevas al fin y al cabo que nos enriquecen.

Todo esto me recuerda un principio taoísta, aquel que dice que aunque te bañes siempre en la misma zona de un río en realidad siempre te estás bañando en un río distinto, pues el fluir del agua hace que este nunca sea el mismo. Creo que algo parecido ocurre en nuestro interior cuando viajamos, como si esa gran parte de agua que contiene nuestros cuerpos empezase a fluir trastornando o transformando, según se mire, nuestro verdadero yo, un yo continuamente labrado por las acometidas de la experiencia y de la gente nueva que entra en nuestras vidas.

Algo me decía que Valentina iba a ser ese manantial, ese agua renovada y renovadora que vendría a sacarme de mi ataraxia.